Oscuridad
A las tres de la mañana, el jefe de detectives de Sussex, respondiendo a la llamada urgente del sargento Wilson de Birlstone, llegó desde la central en un ligero carro de dos ruedas tirado por un trotón sin aliento.
En el tren de las cinco y cuarenta de la mañana ya había enviado su mensaje a Scotland Yard, y a las doce en punto estaba en la estación de Birlstone para recibirnos.
White Mason era una persona tranquila y de aspecto bonachón, con un traje holgado de tweed, la cara bien afeitada y sonrosada, un cuerpo algo fornido y unas piernas poderosas y arqueadas adornadas con polainas, que parecía un pequeño granjero, un guardabosque retirado o cualquier cosa en la tierra menos un espécimen muy favorable de oficial provincial de policía judicial.
—¡Un verdadero huracán, señor MacDonald! —no paraba de repetir.
—Tendremos a los periodistas encima como moscas en cuanto se enteren. Confío en que hagamos nuestro trabajo antes de que vengan a meter las narices y a estropear todas las pistas. No ha habido nada igual que yo recuerde. Hay algunos detalles que le tocarán de cerca, señor Holmes, a menos que me equivoque. Y a usted también, doctor Watson; pues los médicos forenses tendrán mucho que decir antes de que terminemos.
Su habitación está en el Westville Arms. No hay otro sitio, pero me han dicho que es limpio y está bien. El muchacho les llevará las maletas. Por aquí, caballeros, si son tan amables.