“Sí, Jack, iré”.
—¡Que Dios te bendiga por tu confianza en mí! Un demonio salido del infierno sería si abusara de ella. Ahora bien, óyeme bien, Ettie, será solo una palabra para ti, y cuando te llegue, lo dejarás todo y vendrás derechita a la sala de espera de la estación y te quedarás allí hasta que vaya por ti.
“De día o de noche, acudiré a la primera palabra, Jack”.
Algo más tranquilo en su espíritu, ahora que ya había comenzado sus propios preparativos para la huida, McMurdo se dirijo a la logia. Esta ya se había reunido, y solo mediante complicados signos y contraseñas pudo pasar a través del guardia exterior y del guardia interior que la custodiaban herméticamente.
Un murmullo de agrado y bienvenida lo saludó al entrar. La larga sala estaba abarrotada, y a través de la densa niebla de humo de tabaco vio la enmarañada melena negra del Maestre de la logia, los rasgos crueles y antipáticos de Baldwin, la cara de buitre de Harraway, el secretario, y una docena más que figuraban entre los líderes de la logia.
Se alegró de que estuvieran todos allí para deliberar sobre su noticia.
—¡En verdad que nos alegra verte, Hermano! —exclamó el presidente—. Aquí hay un asunto que requiere de un Salomón para resolverse como es debido.
—Son Lander y Egan —explicó su vecino mientras tomaba asiento—. Ambos reclaman la recompensa ofrecida por la logia por la muerte del viejo Crabbe, allá en Stylestown, ¿y quién puede decir cuál de los dos disparó la bala?
McMurdo se levantó de su asiento y levantó la mano. La expresión de su rostro heló la atención de la audiencia. Hubo un silencio sepulcral de expectación.