por el momento era no desearle ningún tipo de mal a ninguno de los presentes.
Un muerto y otro casi a las puertas de la muerte: a Thibault esta lección le pareció suficiente. Por consiguiente, apartó la mirada de los rostros amenazantes y burlones que lo rodeaban, por miedo a dejarse arrastrar por la provocación. A sus espaldas, degollaron a la pobre cabra, cuyo grito lastimero fue lo único que le advirtió del hecho; y apenas muerta, le abrieron el corazón, que apenas había dejado de latir, en busca del huesecillo del que Engoulevent había hablado. Una vez hallado, lo redujeron a polvo, lo mezclaron con vinagre diluido en trece gotas de hiel de la vejiga que la contenía, revolvieron todo en un vaso con la cruz de un rosario y luego se lo vertieron suavemente por la garganta al Barón, tras haberle forzado los dientes con la hoja de una daga.
El efecto del brebaje fue inmediato y verdaderamente milagroso. El señor de Vez estornudó, se incorporó y dijo con voz inteligible, aunque todavía un poco ronca: «Dame de beber».
Engoulevent le ofreció un poco de agua en un vaso de madera, una posesión familiar de la que Thibault estaba muy orgulloso. Pero el Barón apenas se la llevó a los labios y se dio cuenta de lo que era aquel vil y abominable líquido que habían tenido la desvergüenza de ofrecerle, cuando, con una exclamación de repugnancia, arrojó violentamente el recipiente y su contenido contra la pared, y la taza cayó, hecha mil pedazos.
Luego, con voz fuerte y sonora, que no dejaba duda de su perfecta recuperación, exclamó: «Tráiganme vino».
Uno de los monteros montó a caballo y galopó a toda velocidad hacia el castillo de Oigny, y allí le pidió al señor del lugar una o dos botellas de buen Borgoña añejo; diez minutos después estaba de regreso. Se descorcharon dos botellas y, al no haber vasos a mano, el Barón se las llevó a la boca una tras otra, apurando cada una de un solo trago.