campo abierto y furtear en el territorio de mi amigo Maître Magloire?”.
—¡Un furtivo! ¿dice usted? —exclamó el bailío—. ¿No es acaso el señor Thibault un terrateniente, propietario de granjas, que vive en su casa de campo de las rentas de su dominio de cien acres?
—¿Qué, él? —dijo el barón, prorrumpiendo en una fuerte carcajada—, ¿con que te hizo creer todo eso, eh? ¡El granuja tiene una lengua muy hábil! ¡Él, un terrateniente! ¡Ese pobre muerta de hambre! Vaya, la única propiedad que posee es la que llevan mis mozos de cuadra en los pies: los zuecos de madera que se gana la vida fabricando.
Madame Suzanne, al oír a Thibault clasificado de este modo, hizo un gesto de desdén y desprecio, mientras maître Magloire retrocedía un paso, al tiempo que el color le subía al rostro. No es que el buen hombre fuera orgulloso, sino que detestaba toda clase de engaño; no era por haber chocado las copas con un zapatero por lo que se había puesto rojo, sino por haber bebido en compañía de un mentiroso y un traidor.