Habiendo enviado el cuerpo de Marcotte a Vez, decidió que no regresaría a su hogar sin haber matado alguna pieza, sino que cazaría al jabalí, exactamente como si no hubiera ocurrido nada extraordinario el día anterior. Por fin, hacia las seis de la mañana, partieron todos, asegurándole el barón a Thibault que le estaba sumamente agradecido por la hospitalidad que tanto él como sus hombres y perros habían encontrado bajo su humilde techo, en consideración a lo cual estaba muy dispuesto, según juraba, a olvidar todos los agravios que tenía contra el zapatero.
Se adivinará fácilmente que Thibault experimentó pocos remordimientos ante la marcha del señor, los perros y los cazadores.
Habiendo desaparecido por fin todos estos, se quedó unos momentos contemplando su hogar saqueado, su alacena vacía, sus muebles rotos, su cobertizo vacío, el suelo esparcido con fragmentos de sus pertenencias.
Pero, según se decía a sí mismo, todo aquello era lo habitual que ocurría cada vez que uno de los grandes señores pasaba por un lugar, y el porvenir, tal como se le aparecía, era demasiado brillante como para permitirle detenerse mucho tiempo en aquel espectáculo.
Se vistió con sus ropas domingueras, adecentándose lo mejor que pudo, se comió su último trozo de pan con el último bocado que le quedaba de su cabra, fue al manantial y se bebió un gran vaso de agua, y se puso en camino hacia Croyolles.
Thibault estaba decidido a tentar a la suerte con Madame Polet antes de que terminara el día, y por ello partió hacia las nueve de la mañana.
El camino más corto a Croyolles era dando la vuelta por la parte trasera de Oigny y Pisseleu. Ahora bien, Thibault conocía todos los escondrijos del bosque de Villers-Cotterets tan bien como cualquier