Thibault, todavía medio borracho, era consciente de un torbellino de sensaciones encontradas: el chasquido del látigo, la colisión con el caballo y la rodada a través del agua fría y el lodo, mientras el jinete seguía su camino.
Se puso de hinojos, furioso de ira, y agitando el puño hacia la figura que se alejaba:
—¡Pluguiera al diablo —exclamó— que pudiera yo tener mi turno, siquiera una vez, de ser uno de vuestros grandes señores, que pudiera ocupar vuestro lugar por solo veinticuatro horas, Monsieur Raoul de Vauparfond, en vez de ser tan solo Thibault, el zapatero, para saber lo que es tener un buen caballo que montar, en vez de ir a pie; para poder azotar a los campesinos que me encontrara en el camino, y tener la oportunidad de cortejar a estas hermosas mujeres que engañan a sus maridos, tal como hace la Comtesse de Mont-Gobert!
Apenas habían salido las palabras de su boca, cuando el caballo del barón hizo un extraño, arrojando al jinete por encima de la cabeza.