Una boda en el pueblo
Apenas había dado unos pasos dentro del bosque, cuando se vio rodeado por sus lobos. Se alegró de volver a verlos; aminoró el paso; los llamó, y los lobos acudieron amontonándose a su alrededor.
Thibault los acarició como un pastor a sus ovejas, como un montero a sus perros. Eran su rebaño, su jauría; un rebaño de ojos llameantes, una jauría de miradas de fuego.
Por encima, entre las ramas desnudas, los autillos saltaban y aleteaban lanzando sus llamadas quejosas, mientras los otros búhos proferían sus gritos melancólicos al unísono. Los ojos de estas aves nocturnas brillaban como carbones con alas revoloteando entre los árboles, y allí estaba Thibault en medio de todo aquello, el centro del círculo diabólico.
Aun cuando los lobos se acercaban para adularlo y se agachaban a sus pies, los búhos parecían sentirse atraídos hacia él. Las puntas de sus alas silenciosas rozaban su cabello; algunos de ellos se posaban sobre su hombro.
—¡Ah! —murmuró Thibault—; no soy entonces el enemigo de todas las cosas creadas; si los hombres me odian, los animales me aman.
Olvidó qué lugar ocupaban los animales, que lo amaban, en la cadena de los seres creados. No recordaba que estos animales que lo amaban, eran aquellos que odiaban a la humanidad, y a los que la humanidad maldecía.