Los perros se dirigieron directos a la mata de zarzas y comenzaron a zarandear algo escondido allí.
—¡Holá! ¡holá!! ¡holá!!! —gritó el señor de Vez con voz de trueno, mientras saltaba de su caballo, sin importarle si había alguien o no para cuidarlo, y sacando su cuchillo de caza, se precipitó hacia la bóveda, abriéndose paso entre los sabuesos. Los encontró peleando por una piel de lobo fresca y sangrienta, pero el cuerpo había desaparecido.
No había duda de que era la piel del hombre lobo que habían estado cazando, pues, a excepción de un pelo blanco, era completamente negra.
¿Qué había sido del cuerpo? Nunca nadie lo supo. Tan solo porque a partir de aquel momento a Thibault no se le volvió a ver jamás, se creyó por lo general que el antiguo zuequero y no otro era el hombre lobo.
Además, como se había encontrado la piel sin el cuerpo, y como, desde el lugar donde fue hallada, un campesino afirmó haber escuchado a alguien pronunciar las palabras:
«¡Oh, Dios! ¡Toma mi vida! La doy con gusto, con tal de que solo con mi muerte pueda devolverle la vida a aquella a quien he matado»,
¡el sacerdote declaró abiertamente que Thibault, en razón de su sacrificio y arrepentimiento, se había salvado!
Y lo que contribuía a la solidez de la creencia en esta tradición era que cada año, en el aniversario de la muerte de Agnelette, hasta la época en que todos los monasterios fueron abolidos con la Revolución, se veía venir a un monje de la abadía de los Premostratenses de Bourg-Fontaine, situada a media legua de Préciamont, a rezar junto a su tumba.
Tal es la historia del lobo negro, tal como me la contó el viejo Mocquet, el guardabosques de mi padre.