Thibault era en todo momento quisquilloso en cuanto a la forma en que la gente se dirigía a él, pero en su estado de ánimo actual su susceptibilidad rozaba la irritación extrema.
—¡Por los clavos de Cristo! —exclamó—, déjeme decirle, mi buen señor, que el único idiota aquí es el hombre que paga con insultos los servicios de los que se ha valido, y siendo eso así, no sé qué me impide plantarle el puño en mitad de la cara.
Apenas había salido esta amenaza de su boca, cuando, con la misma rapidez con que estalla un cañón en cuanto la llama de la mecha toca la pólvora, el golpe con el que Thibault había amenazado a su desconocido adversario le dio de lleno en su propia mejilla.
—Toma eso, maldita bestia —dijo la voz, que le trajo a Thibault ciertos recuerdos relacionados con el golpe que había recibido—. Ya ves que soy un buen judío y te devuelvo tu dinero antes de pesar tu moneda.
La respuesta de Thibault fue un golpe en el pecho; estaba