El cabello endemoniado
Los cazadores, una vez tranquilos respecto a la salud de su amo, salieron en busca de los perros, que se habían quedado continuando la persecución por su cuenta. Los encontraron tumbados y dormidos, con el suelo a su alrededor manchado de sangre. Era evidente que habían dado alcance al gamo y se lo habían comido; si quedaba alguna duda al respecto, esta quedó disipada al ver las astas y un trozo de la mandíbula, las únicas partes del animal que no habían podido triturar y que, por lo tanto, no habían desaparecido.
En resumen, ellos fueron los únicos que tenían motivos para estar satisfechos con la jornada. Los cazadores, tras encerrar a los sabuesos en el cobertizo de Thibault y viendo que su amo aún dormía, empezaron a pensar en preparar algo para cenar. Echaron mano de todo lo que pudieron encontrar en la alacena del pobre infeliz y asaron la cabra, invitando amablemente a Thibault a participar en una comida a cuyo costo él había contribuido no poco.
Éste se negó, dando como excusa plausible la gran agitación en la que todavía se encontraba debido a la muerte de Marcotte y al accidente del barón.
Recogió los fragmentos de su amada copa y, al ver que era inútil pensar en volver a armarla jamás, comenzó a dar vueltas en su mente a lo que le sería posible hacer para librarse de aquella existencia miserable que los acontecimientos de los últimos dos días habían vuelto más insoportable que nunca.