—No mucho, mi Señor.
“¿Hace cuánto más o menos?”
Thibault amagó como si intentara recordar; al fin respondió:
—Creo que fue anteayer —pero al decir esto, el zapatero, por desgracia, no pudo reprimir una sonrisa burlona. Esta sonrisa no pasó desapercibida para el barón, quien, picando espuelas a su caballo, se lanzó contra Thibault con el foete en alto.
Thibault era ágil, y de un solo salto alcanzó el refugio de su cobertizo, adonde el cazador de lobos no podía seguirlo mientras permaneciera a caballo; Thibault estuvo, por lo tanto, a salvo por el momento.
—¡Solo estás bromeando y mintiendo! —gritó el cazador—, porque ahí está Marcassino, mi mejor sabueso, ladrando a menos de veinte yardas, y si el ciervo pasó por donde está Marcassino, tuvo que haber saltado el seto, y es imposible, por lo