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XI. David y Goliat

puertas de los pasillos y oficinas. Temiendo verse atrapado algún día como la comadreja de la fábula, pidió permiso para renunciar a su puesto.

El Duque consintió, no sin pesar, pero con menos pesar del que habría sentido en cualquier otro momento, pues acababa de casarse con la señora de Montesson, y ya era raras veces cuando visitaba su castillo de Villers-Cotterets.

Su Alteza tenía viejas y nobles ideas en lo que respecta a los criados jubilados.

Hizo venir, por tanto, a Magloire y le preguntó cuánto había podido ahorrar durante su servicio.

Magloire respondió que felizmente podía retirarse con una modesta fortuna; el Príncipe, sin embargo, insistió en saber la cantidad exacta de su pequeño caudal, y Magloire confesó tener una renta de nueve mil libras.

—Un hombre que me ha procurado una mesa tan excelente durante treinta años —dijo el Príncipe—, debería tener lo suficiente para vivir desahogadamente el resto de su vida.

Y le completó los ingresos hasta doce mil, para que Magloire pudiera gastar mil libras al mes. Además de esto, le permitió escoger los muebles para toda su casa en su propio desván viejo; y de allí procedían las cortinas de damasco y los sillones dorados que, aunque un tanto ajados y gastados, conservaban sin embargo esa apariencia de suntuosidad que le había causado tanta impresión a Thibault.

Para cuando se terminó la primera perdiz por completo y se hubo bebido la mitad de la segunda botella, Thibault sabía que Madame Magloire era la cuarta esposa del anfitrión, un dato que, a sus propios ojos, parecía sumarle un buen pie y medio a su estatura.

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