Es en este punto cuando empezamos a ver cuán ciegos e ingratos hemos sido; es ahora cuando nos decimos que, si tan solo una vez más nos topáramos con un paraje de descanso tan verde y arbolado, nos quedaríamos allí por el resto de nuestras vidas, levantaríamos nuestra tienda allí, y allí terminaríamos nuestros días.
Pero el cuerpo no puede retroceder y renovar su existencia, y por eso la memoria tiene que hacer sola su piadosa peregrinación; viaja de regreso a los primeros días y a los frescos comienzos de la vida, como esas ligeras embarcaciones que sus blancas velas impulsan río arriba contra la corriente. Entonces el cuerpo reanuda su marcha; pero el cuerpo sin memoria es como la noche sin estrellas, como la lámpara sin su llama.
… Y así el cuerpo y la memoria siguen sus caminos separados.
El cuerpo, con el azar por guía, avanza hacia lo desconocido.
La memoria, ese fuego fatuo y brillante, se cierne sobre los hitos que van quedando atrás; y la memoria, podemos estar seguros, no perderá el rumbo. Cada oasis es revisitado, cada asociación rememorada, y luego, con un vuelo raudo, regresa al cuerpo que se torna cada vez más y más fatigado y, como el zumbido de una abeja, como el canto de un pájaro, como el murmullo de un arroyo, relata la historia de todo cuanto ha visto.
Y mientras el viajero cansado escucha, sus ojos vuelven a brillar, su boca sonríe y una luz se extiende por su rostro.
Pues la Providencia, con bondad, al ver que él no puede volver a la juventud, permite que la juventud vuelva a él.
Y desde entonces le encanta repetir en voz alta lo que la memoria le cuenta con su voz suave y baja.
¿Y es nuestra vida, pues, limitada por un círculo como la tierra? ¿Continuamos, inconscientemente, caminando hacia el punto del que