Su cabello, sujeto tan solo por cuatro alfileres de diamantes, caía suelto hacia un lado, mientras que el resto estaba recogido en un gran bucle que pendía sobre el otro hombro y caía en su turgente pecho. Las líneas gráciles de su esbelta y bien formada silueta, ya no ocultas por los abullonados del vestido, se adivinaban con claridad bajo su bata holgada de seda rosa, ricamente cubierta de encaje; tan fina y transparente era la seda de sus medias, que parecía más bien carne blanca como la perla que cualquier tejido, y sus diminutos pies estaban calzados con zapatillas de tela de plata, con tacones rojos. Pero ni un átomo de joyería: ni pulseras en los brazos, ni anillos en los dedos; tan solo una hilera de perlas alrededor del cuello, eso era todo, ¡pero qué perlas!, ¡valían un Potosí!
Al acercarse aquella radiante aparición, Thibault cayó de hilos; se inclinó, sintiéndose anonadado ante la vista de aquel lujo y de aquella belleza, que para él parecían inseparables.
«Sí, sí, bien puedes arrodillarte —arrodíllate más, aún más— bésame los pies, besa la alfombra, besa el suelo, pero no por eso voy a perdonarte… ¡eres un monstruo!».
“En verdad, Madame, si me comparo con usted, ¡soy aún peor que eso!”
—¡Ah! sí, finge que malinterpretas mis palabras y crees que solo hablo de tu apariencia exterior, cuando bien sabes que hablo de tu comportamiento… y, a decir verdad, si tu alma pérfida se reflejara en tu rostro, serías verdaderamente un monstruo de fealdad. Pero no es así, pues el Monsieur, a pesar de toda su maldad y sus infames acciones, sigue siendo el caballero más apuesto de toda la comarca. Pero, vamos a ver, Monsieur, ¿no deberías avergonzarte de ti mismo?
—¿Porque soy el caballero más apuesto del vecindario? —preguntó Thibault, deduciendo por el tono de voz de la dama que su crimen no era irremediable.