—¡Cómo! —exclamó la viuda, cuya furia era mayor por haber estado contenida hasta entonces—, ¡Cómo! ¡Usted, a quien creía mi amigo, se atreve a hablar de reemplazarlo en mi corazón! ¡Intenta disuadirme de guardar fidelidad a su primo! ¡Largo de aquí, sinvergüenza despreciable! ¡Largo de aquí, le digo!, o no respondo de las consecuencias; bien ganas tengo de mandar a cuatro de mis hombres que lo echen del cuello a la rueda del molino.
Thibault ardió en deseos de dar algún tipo de respuesta; mas, aunque presto a replicar en las ocasiones ordinarias, no logró hallar en aquel instante ni una sola palabra con la que justificarse.
Es verdad que Madame Polet no le dio tiempo a pensar, pues, asiéndose a una hermosa jarra nueva que tenía cerca, se la arrojó a la cabeza a Thibault. Por fortuna para él, Thibault se escurrió hacia la izquierda y esquivó el proyectil, que pasó de largo y se hizo añicos contra la repisa de la chimenea.
Luego, la dueña de la casa tomó un taburete y se lo lanzó con igual furia; esta vez Thibault esquivó el golpe hacia la derecha, y el taburete fue a dar contra la ventana, destrozando dos o tres cristales.
Al ruido de los vidrios al caer, acudieron corriendo todos los mozos y muchachas del Molino. Encontraron a su ama arrojándole a la cabeza a Thibault botellas, jarras de agua, pimenteros, platos, en suma, todo cuanto le salía al paso, con todas sus fuerzas.
Por fortuna para él, la viuda Polet estaba demasiado encolerizada como para poder hablar; de haber podido hacerlo, habría gritado: «¡Matadlo! ¡Estranguladlo! ¡Matad al bribón! ¡Al canalla! ¡Al villano!».
Al ver llegar los refuerzos para ayudar a la viuda, Thibault intentó escapar por la puerta que el grupo de reclutamiento había dejado abierta, pero justo cuando salía corriendo, el buen cerdo, al que habíamos visto