Era la misma habitación exquisita, iluminada de la misma manera, llena del mismo dulce perfume.
Thibault miró alrededor en busca de la condesa; esperaba verla aparecer por la puerta del vestidor, pero la puerta permanecía cerrada. No se oía un solo sonido en la habitación, salvo el tictac del reloj de Sèvres y los latidos del corazón de Thibault.
Comenzó a mirar a su alrededor con una sensación de miedo escalofriante que no lograba explicarse; luego sus ojos se posaron en la cama; la condesa yacía dormida sobre ella. En el cabello llevaba los mismos alfileres de diamantes, alrededor del cuello las mismas perlas; vestía la misma bata de seda rosa y llevaba las mismas zapatillas diminutas de tela de plata que había usado para recibir al barón Raoul.
Thibault se acercó a ella; la condesa no se inmutó.
—¿Duerme usted, hermosa condesa? —dijo, inclinándose para mirarla.
Pero de repente, se incorporó de un salto, mirando fijamente ante sí, con los cabellos de punta y el sudor brotándole en la frente. La terrible verdad empezaba