¿Por qué, me pregunto, durante esos primeros veinte años de mi vida literaria, de 1827 a 1847, volví tan rara vez mis ojos y pensamientos hacia el pequeño pueblo donde nací, hacia los bosques en medio de los cuales se halla enclavado y las aldeas que lo rodean?
¿Cómo fue posible que durante todo ese tiempo el mundo de mi juventud me pareciera haber desaparecido, como si estuviera oculto tras una nube, mientras que el porvenir que se extendía ante mí brillaba clara y resplandecientemente, como esas islas mágicas que Colón y sus compañeros tomaron por cestas de flores flotando en el mar?
¡Ay! simplemente porque durante los primeros veinte años de nuestra vida tenemos a la Esperanza por guía, y durante los últimos veinte, a la Realidad.
Desde la hora en que, fatigados por nuestro viaje, nos descinnguimos y, dejando caer el bastón del viajero, nos sentamos junto al camino, empezamos a mirar atrás, hacia la ruta que hemos recorrido; pues es el camino de adelante el que ahora está oscuro y cubierto de bruma, y por eso nos volvemos y contemplamos las profundidades del pasado.
Luego, con el vasto desierto esperándonos por delante, nos sorprende, al mirar el camino que hemos dejado atrás, divisar primero uno y luego otro de esos deliciosos oasis de verdor y sombra, junto a los cuales nunca pensamos en detenernos ni por un momento, y que, en verdad, habíamos pasado casi sin advertir.
Pero, entonces, ¡con qué rapidez nos llevaban los pies por aquel entonces! teníamos tanta prisa por alcanzar esa meta de felicidad a la que ningún camino ha llevado jamás a ninguno de nosotros.