—¡Ah, claro! —dijo—, nada más fácil, pues ahí tengo mi catalejo.
Y se apresuró hacia su choza, con la intención, como Narciso, de disfrutar de su propia belleza en paz y para él solo. Pero la puerta de la choza estaba cerrada con llave, y Thibault buscó la llave en vano. Todo lo que pudo encontrar en sus bolsillos fue una cartera bien provista, una caja de dulces con pastillas perfumadas y una pequeña navaja de nácar y oro. ¿Qué habría hecho entonces con la llave de su puerta? Entonces se le ocurrió de repente una brillante idea: es muy posible que la llave estuviera en el bolsillo del otro Thibault que yacía ahí fuera, en el camino. Volvió y tanteó en el bolsillo del calzoncillo, donde descubrió la llave enseguida, en compañía de unas pocas monedas. Sosteniendo aquel objeto basto y torpe con las puntas de los dedos, regresó para abrir la puerta. El interior de la choza era aún más oscuro que la noche de afuera, y Thibault anduvo a tientas para encontrar el eslabón, la yesca y el pedernal, y los cerillos, y luego procedió a intentar encender la vela, que consistía en un cabo metido en una botella vacía. En uno o dos segundos esto quedó hecho, pero en el transcurso de la operación Thibault se vio obligado a agarrar la vela con los dedos.
«¡Puf! —dijo—, ¡qué cerdos son estos campesinos! ¡Me pregunto cómo pueden vivir de esta manera tan sucia!».
Sin embargo, la vela estaba encendida, que era lo principal, y Thibault descolgó entonces su espejo y, acercándolo a la luz, se miró en él. Apenas su ojo hubo advertido la imagen reflejada, lanzó un grito de asombro: ya no era él mismo a quien veía, o más bien, aunque seguía siendo Thibault en espíritu, ya no era Thibault en cuerpo. Su espíritu había entrado en el cuerpo de un apuesto joven de veinticinco o veintiséis años de edad, de ojos azules, mejillas frescas y rosadas, labios rojos y dientes blancos; en resumen, había entrado en el cuerpo del barón Raoul de Vauparfond.