la de hablar con los dientes apretados, por lo cual cuanto decía transmitía una cierta impresión de obstinación. Esto se hacía aún más patente si a Mocquet le daba por quitarse la pipa de la boca en algún momento, pues ya nada impedía entonces que las mandíbulas se cerraran y los dientes se juntaran de un modo que impedía por completo que las palabras pasaran a través de ellos, salvo en una especie de silbido apenas inteligible.
Tal era Mocquet en lo que respecta a su apariencia exterior. En las páginas siguientes me esforzaré por dar alguna idea de su capacidad intelectual y de sus cualidades morales.