Hizo entonces una seña a sus lobos, pues no era del todo prudente atravesar todo el pueblo de Villers-Cotterets con una docena de lobos caminando al lado como guardia de honor; no solo podían encontrarse con perros por el camino, sino que los perros podían despertar a los habitantes.
Seis de sus lobos, por lo tanto, se fueron a la derecha y seis a la izquierda, y aunque los caminos que tomaron no eran exactamente de la misma longitud, y aunque algunos de ellos marcharon más rápidamente que los otros, la docena entera logró reunirse, sin faltar uno solo, al final de la Rue de Lormet.
Tan pronto como Thibault hubo llegado a la puerta de su cabaña, se despidieron de él y desaparecieron; pero, antes de dispersarse, Thibault les rogó que estuvieran en el mismo lugar al día siguiente, en cuanto cayera la noche.
Aunque eran las dos cuando Thibault llegó a casa, se levantó con el alba; es verdad, sin embargo, que el día no amanece muy temprano en el mes de enero.
Estaba tramando un plan. No había olvidado la promesa que le había hecho al Bailío de enviarle algo de caza de su cazadero; siendo su cazadero, en realidad, todo el territorio forestal que pertenecía a su alteza serenísima el duque de Orleans.
Por esto se había levantado tan temprano. Había estado nevando durante dos horas antes del alba; y ahora fue a explorar el bosque en todas direcciones, con la habilidad y la astucia de un sabueso.
Rastreó al ciervo hasta su guarida, al jabalí hasta su cubil, a la liebre hasta su serón; y siguió sus huellas para descubrir a dónde iban por la noche.