Thibault se quedó libre una vez más, y solo. Sus manos, sin embargo, aún estaban atadas, y sus pies encadenados.
Primero intentó deshacer la cuerda con los dientes, pero vio que le era imposible.
Luego intentó desgarrar sus ataduras con la fuerza de sus músculos, pero eso tampoco sirvió de nada; el único resultado de sus esfuerzos fue hacer que la cuerda se le clavara en la carne. Fue su turno de bramar de dolor y de ira.
Por fin, cansado de intentar liberar sus manos, las levantó, tal y como estaban atadas, hacia el cielo, y exclamó:
¡Oh, lobo negro! Amigo, deja que estas cuerdas que me atan sean desatadas; bien sabes que solo para hacer el mal deseo tener mis manos libres.
Y en el mismo instante sus cadenas se rompieron y cayeron al suelo, y Thibault batió las manos con otro rugido, esta vez de júbilo.