estado de resignación. Uno de los gendarmes sostenía el extremo de la cuerda con la que estaba atado, y los cuatro hombres hacían bromas y se reían de él, preguntándole al mago Thibault por qué, teniendo semejante poder, se había dejado capturar. Y Thibault respondió a sus burlas con el conocido refrán: «Ríe mejor quien ríe el último», y los gendarmes expresaron el deseo de ser ellos quienes lo hicieran.
Al dejar atrás Puiseux, llegaron al bosque. El tiempo se ponía cada vez más amenazador; las oscuras nubes pendían tan bajas que los árboles parecían sostener un enorme velo negro, y era imposible ver a cuatro pasos de distancia.
Pero él, Thibault, veía; veía luces que pasaban raudas y se cruzaban en la oscuridad a uno y otro lado. Cada vez más cerca se acercaban las luces, y se oían pisadas furtivas entre las hojas secas.
Los caballos se volvieron indóciles, se asustaban y bufaban, olfateando el aire y temblando bajo sus jinetes, mientras las rudas risas de los hombres se apagaban. Le tocaba reír a Thibault ahora.