Hubo una lucha larga y obstinada; Thibault no era un hombre al que ni siquiera otros cuatro pudieran vencer sin dificultad; pero no llevaba armas consigo, y su resistencia era, por tanto, inútil.
Los gendarmes se habían empeñado más en asegurarlo, debido a que habían reconocido que era Thibault, y Thibault empezaba a ganarse muy mala fama, habiéndose asociado a ella tantas desgracias; de modo que Thibault fue derribado, y finalmente atado y conducido entre dos hombres a caballo. Los otros dos gendarmes marchaban uno delante y otro detrás.
Thibault solo había forcejeado por un sentimiento natural de autodefensa y orgullo, pues su poder para infligir el mal era, como sabemos, ilimitado, y le bastaba con desear la muerte a sus agresores para que cayeran sin vida a sus pies. Pero creía que aún había tiempo para eso; mientras le quedara un deseo, podría escapar de la justicia de los hombres, aun encontrándose al pie del cadalso.
Así, Thibault, firmemente atado, con las manos sujetas y grilletes en los pies, caminaba entre sus cuatro gendarmes, aparentemente en un