En un par de horas, los lobos habían amontonado una auténtica carretada de caza frente a la Cabaña de Thibault.
Thibault seleccionó lo que quería para sus propios fines, y dejó lo suficiente para proporcionarles un banquete suntuoso.
Tomando prestada una mula a un carbonero, con el pretexto de que quería llevar sus zapatos al pueblo, la cargó con la caza y partió hacia Villers-Cotterets.
Allí vendió una parte de este botín al vendedor de caza, reservando las mejores piezas y aquellas que habían sido menos mutiladas por las garras de los lobos, para obsequiárselas a Madame Magloire.
Su primera intención había sido ir en persona a llevarle su regalo al Bailío; pero Thibault empezaba a tener nociones de los usos del mundo y pensó que, por consiguiente, sería más decoroso permitir que su ofrenda de caza se le anticipara.
Con este fin empleó a un campesino, por el pago de unas pocas monedas, para que llevara la caza al Bailío de Erneville, acompañándola únicamente con un papelito en el que escribió: «De parte del señor Thibault».
Él mismo debía seguir de cerca al recado; y, en verdad, tan de cerca lo hizo, que llegó justo cuando el maestro Magloire mandaba extender sobre una mesa la caza que acababa de recibir.
El Bailío, en el calor de su gratitud, extendió los brazos hacia su amigo de la noche anterior e intentó abrazarlo, lanzando fuertes gritos de alegría. Digo intentó, pues dos cosas le impidieron llevar a cabo su deseo: una, la cortedad de sus brazos; la otra, la rotundidad de su persona.
Pero pensando que, donde sus facultades no alcanzaban, madame Magloire podía serle de ayuda, corrió hacia la puerta gritando a más no poder: «¡Suzanne, Suzanne!».