Y cualquiera otra persona que hubiera visto a Thibault, volando tan rápido como su lobo más veloz, y cubriendo la distancia entre Oigny y Puiseux en menos de un cuarto de hora, sin duda habría pensado lo mismo.
Se detuvo a la entrada del pueblo y, volviéndose hacia sus lobos, dijo:
“Amigos lobos, ya no los necesito más por esta noche y, en verdad, deseo estar solo. Diviértanse con los establos del vecindario, les doy permiso para hacer exactamente lo que les plazca; y si por acaso se cruzan con uno de esos animales bípedos llamados hombres, olviden, amigos lobos, que pretenden estar hechos a imagen de su Creador, y no teman en absoluto saciar su apetito”.
Tras lo cual, los lobos salieron disparados en distintas direcciones profiriendo aullidos de alegría, mientras Thibault avanzaba hacia el pueblo.
La casa del cura lindaba con la iglesia, y Thibault dio un rodeo para evitar pasar por delante de la cruz.
Al llegar a la casa parroquial, miró por una de las ventanas y vio una cama con una vela de cera encendida al lado; sobre la misma cama había extendida una sábana, y bajo la sábana se adivinaban los contornos de una figura yerta en la muerte.
No parecía haber nadie en la casa; sin duda el sacerdote había ido a avisar del fallecimiento a las autoridades del pueblo.
Thibault entró y llamó al sacerdote, pero nadie respondió. Se acercó a la cama, no cabía duda de que el cuerpo bajo la sábana era el de un hombre muerto; levantó la sábana, no cabía duda de que el cadáver era el de Raoul de Vauparfond.
Sobre su rostro reposaba la quieta y sobrenatural belleza que nace de la eternidad.