cuales sintió que habría podido competir con el diablo en persona.
Hasta entonces solo se había defendido; pero habiendo lanzado el conde un par de estocadas fallidas contra él, vio su oportunidad, arremetió y clavó su cuchillo de parte a parte en el hombro de su adversario. El conde dejó caer su espada, tambaleándose, y cayendo sobre una rodilla, gritó: «¡Socorro, Lestocq!».
Thibault debió entonces haber envainado su cuchillo y huido; pero, por desgracia, recordó el juramento que había hecho con respecto al Conde, cuando descubrió que a su caballo le habían desjarretado lasancas.
Deslizó la afilada hoja de su arma bajo la rodilla doblada y tiró de ella hacia sí; el Conde lanzó un grito; pero al levantarse Thibault de su postura encorvada, sintió también un dolor agudo entre los omóplatos, seguido de una sensación de frío extremo en el pecho y, finalmente, la punta de un arma apareció sobre su pecho derecho. Vio entonces una nube de sangre y no supo más.
Lestocq, llamado en auxilio de su amo cuando este último cayó, había corrido hacia el lugar y, en el momento en que Thibault se levantaba tras desjarretar al Conde, había aprovechado la ocasión para clavar su cuchillo de caza en la espalda de aquel.