arrodillarse a los pies de la cama, mientras el cura ocupaba su lugar a la cabecera, junto a Agnelette. Y entonces, algún poder misterioso pareció reanimar a la moribunda. Durante un buen rato habló en voz baja con el sacerdote y, como la pobre niña no necesitaba largas oraciones para sí misma, era seguro que debía de estar rogando por otro. ¿Y quién era ese otro? Dios, el cura y Agnelette eran los únicos que lo sabían.
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XXII. El último deseo de Thibault
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