Codal
nydus/The Wolf-LeaderPublic
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XXIV. Hunting Down the Werewolf

Al rodear la pequeña tapia de piedra del cementerio del pueblo, oyó un rumor de voces que se acercaban por el camino en el que estaba.

No podía dejar de encontrarse con quienquiera que fuese el que viniera hacia él si continuaba su marcha; no era seguro dar media vuelta, ya que tendría que cruzar unas alturas desde donde se le vería con facilidad; de modo que no le quedaba otra salida que saltar la pared del cementerio, y de un brinco estuvo al otro lado.

Este camposanto, como de costumbre, lindaba con la iglesia; estaba descuidado y cubierto de hierba alta, mientras las zarzas y los espinos crecían lozano y desordenadamente en algunos sitios. El lobo se dirigió hacia la más espesa de estas matas de zarzas; encontró una especie de cripta arruinada desde la cual podía mirar hacia afuera sin ser visto, y se deslizó bajo las ramas y se ocultó en su interior.

A pocos metros de él había una tumba recién cavada; dentro de la iglesia se oía el canto de los sacerdotes, tanto más claramente cuanto que la bóveda debió de estar comunicada en otro tiempo por un pasadizo con la cripta.

Al poco rato el canto cesó, y el lobo negro, que no se sentía del todo a gusto en las inmediaciones de una iglesia y pensaba que el camino debía de estar ya despejado, decidió que era hora de ponerse en marcha de nuevo y encontrar un refugio más seguro que aquel al que había huido a toda prisa.

Pero apenas había sacado el hocico fuera del zarzal cuando se abrió la verja del cementerio, y se retiró rápidamente de nuevo a su agujero, con gran temor de quién pudiera estar acercándose ahora.

La primera persona que vio fue un niño vestido con alba blanca y que llevaba un recipiente con agua bendita; le seguía un hombre en sobrepelliz, que portaba una cruz de plata, y tras este último venía un sacerdote, entonando los salmos para los difuntos.

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