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nydus/The Wolf-LeaderPublic
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II. El señor Jean y el zuequero

—¡Pégales, hombre! ¡Pégales entonces —gritó el barón—; arráncales el pellejo de la espalda!; no hay nada como eso para espantar al espíritu maligno.

Y el Barón iba a adelantarse para enfatizar con unos cuantos golpes de su propio látigo los exorcismos que Marcotte, según sus órdenes, iba repartiendo entre los pobres animales, cuando Engoulevent, sombrero en mano, se acercó al Barón y tímidamente puso la mano sobre la brida del caballo.

—Mi Señor —dijo el encargado de las perreras—, creo que acabo de descubrir un cuco en ese árbol que tal vez pueda darnos alguna explicación de lo que ha sucedido.

—¿Pero qué diablos dices con lo del cuco, simio de mierda? —dijo el barón—. ¡Si esperas un momento, bribón, te enseñaré yo a venir a burlarte de tu amo de esa manera!

Y el Barón levantó el rejo. Pero con todo el heroísmo de un espartano, Engoulevent levantó el brazo por encima de la cabeza a guisa de escudo y continuó:

«Golpee, si quiere, mi Señor, pero después de eso mire hacia arriba a este árbol, y cuando su Señoría haya visto el pájaro que está posado entre las ramas, creo que estará más dispuesto a darme una corona que un golpe».

Y el buen hombre señaló el roble en el que Thibault se había refugiado al oír aproximarse a los cazadores. Había trepado de rama en rama y finalmente se habí a izado hasta la más alta.

El barón se protegió los ojos con la mano y, al levantar la vista, divisó a Thibault.

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