“Oh, do not hurry yourself; Lizzie and I shall not run away from you.”
Él colgó mi rienda en uno de los clavos de hierro y pronto se perdió de vista entre los árboles. Lizzie estaba de pie tranquilamente al borde del camino, a unos pocos pasos, dándome la espalda. Mi joven ama iba sentada con naturalidad, con la rienda floja, tarareando una cancioncilla.
Escuché los pasos de mi jinete hasta que llegaron a la casa, y lo oí llamar a la puerta. Al otro lado del camino había un prado cuya verja estaba abierta; en ese instante, unos caballos de carga y varios potrillos salieron al trote de manera muy desordenada, mientras un muchacho detrás chasqueaba un gran látigo.
Los potrillos eran salvajes y juguetones, y uno de ellos cruzó el camino a toda velocidad y tropezó contra las patas traseras de Lizzie; y si fue el estúpido potrillo, el fuerte chasquido del látigo, o ambas cosas a la vez, no sabría decirlo, pero ella tiró una coz violenta y salió disparada en un galope frenético. Fue tan repentino que Lady Anne estuvo a punto de caer, pero enseguida se reincorporó.
Lanzé un relincho fuerte y estridente pidiendo ayuda; relinché una y otra vez, escarbando el suelo con impaciencia y sacudiendo la cabeza para soltar la rienda. No tuve que esperar mucho. Blantyre vino corriendo hacia la verja; miró con ansiedad a su alrededor y alcanzó a divisar la figura veloz, que ya se alejaba mucho por el camino. En un instante montó de un salto. No necesitaba látigo ni espuelas, pues yo tenía tantas ganas como mi jinete; él lo vio y, dándome rienda suelta y echándose un poco hacia adelante, salimos en su persecución.
Durante milla y media aproximadamente la carretera corría en línea recta, y luego torcía a la derecha, tras lo cual se dividía en dos caminos. Mucho antes de que llegáramos a la curva, ella había desaparecido de la vista.