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nydus/Black BeautyPublic
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XLI. El carnicero

Había una carnicería al lado y, mientras estábamos parados, llegó el carro de un carnicero a toda velocidad. El caballo estaba sudoroso y muy agotado; colgaba la cabeza, mientras sus ijares agitados y sus piernas temblorosas mostraban lo duro que lo habían conducido. El muchacho saltó del carro y se disponía a buscar la cesta cuando el amo salió de la tienda muy disgustado. Después de mirar al caballo, se volvió furioso hacia el muchacho.

—¿Cuántas veces he de decirte que no conduzcas de este modo? Arruinaste al último caballo y lo dejaste sin fuelle, y vas a arruinar a este de la misma manera.

Si no fueras mi propio hijo, te despediría en el acto; es una vergüenza que traigan un caballo al taller en un estado como ese; te arriesgas a que la policía te detenga por conducir así, y si lo hace, no esperes que pague tu fianza, pues te he hablado hasta la saciedad; tendrás que vérselas por ti mismo.

Durante este discurso el muchacho había permanecido al lado, hosco y terco, pero cuando su padre calló, prorrumpió con ira. No era culpa suya, y no aceptaría la culpa; él no había hecho más que seguir órdenes todo el tiempo.

—Usted siempre dice: “¡Vamos, date prisa; avispate!”; y cuando voy a las casas, en una me piden una pierna de carnero para un almuerzo temprano y tengo que estar de vuelta con ella en un cuarto de hora; otra cocinera se ha olvidado de encargar la carne de vaca; tengo que ir a buscarla y volver en un santiamén, o la señora me regañará; y el ama de llaves dice que les viene visita de imprevisto y necesitan que les manden unas chuletas ahora mismo; y la señora del número 4, en el Crescent, nunca encarga la comida hasta que llega la carne para el almuerzo, y es un no parar de corre, corre todo el tiempo. ¡Si los señores pensaran en lo que quieren y encargaran la carne el día antes, no haría falta armar este revuelo!

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