Llevaba un látigo cruel con algo tan filoso en la punta que a veces me hacía sangrar, y hasta me azotaba bajo la panza y sacudía la correa hacia mi cabeza. Indignidades como aquellas me descorazonaban terriblemente, pero aun así hice lo mejor que pude y nunca me reugué; pues, como decía la pobre Ginger, no servía de nada; los hombres son los más fuertes.
Mi vida era ya tan absolutamente desgraciada que deseaba poder, al igual que Ginger, caer muerta en el trabajo y acabar con mi sufrimiento, y un día mi deseo estuvo a punto de cumplirse.
Me puse en la parada a las ocho de la mañana, y ya había hecho una buena parte de la faena, cuando tuvimos que llevar una carrera a la estación.
Acababa de anunciarse un tren largo, así que mi cochero se detuvo detrás de algunos de los carruajes de fuera para probar suerte con un viaje de vuelta. Era un tren muy pesado y, como todos los coches no tardaron en ocuparse, llamaron al nuestro.
Eran un grupo de cuatro: un hombre ruidoso y fanfarrón con una señora, un niño pequeño y una muchacha joven, y una gran cantidad de equipaje.
La señora y el niño subieron al coche y, mientras el hombre daba órdenes sobre el equipaje, la muchacha se acercó a mirarme.
—Papá —dijo ella—, estoy segura de que este pobre caballo no puede llevarnos a nosotros y a todo nuestro equipaje tan lejos; está muy débil y agotado. Míralo bien.
—¡Oh! No le pasa nada, señorita —dijo mi cochero—, es bastante fuerte.
El botones, que andaba removiendo unas pesadas cajas, le sugirió al caballero, ya que había tanto equipaje, si no tomaría un segundo taxi.