Joe Green
Joe Green se portaba muy bien; aprendía rápidamente y era tan atento y cuidadoso que John empezó a confiar en él para muchas cosas; pero, como ya he dicho, era pequeño para su edad y rara vez le dejaban montar a Ginger o a mí; mas sucedió que una mañana John había salido con Justice en el carro de equipajes, y el amo necesitaba que se llevara inmediatamente una nota a la casa de un caballero, situada a unas tres millas de distancia, y dio orden de que Joe me ensillara y la llevara, añadiendo la advertencia de que debía cabalgar con prudencia.
La nota fue entregada, y regresábamos silenciosamente cuando llegamos al arenal de ladrillos. Aquí vimos un carro fuertemente cargado de ladrillos; las ruedas se habían quedado atascadas en el lodo espeso de unas roderas profundas, y el carretero gritaba y azotaba a los dos caballos sin piedad.
Joe se detuvo. Era un triste espectáculo.
Allí estaban los dos caballos, esforzándose y luchando con todas sus fuerzas para sacar el carro, pero no podían moverlo; el sudor chorreaba de sus patas y flancos, sus ijares se agitaban y cada músculo estaba tenso, mientras el hombre, tirando con fiereza de la cabeza del caballo delantero, maldecía y fustigaba con gran brutalidad.
—Para un poco —dijo Joe—, no sigas azotando a los caballos así; las ruedas están tan atascadas que no pueden mover el carro.
El hombre no hizo caso, sino que siguió azotando.
“¡Alto! ¡te lo ruego, alto!”, dijo Joe. “Te ayudaré a aligerar el carro; ahora no pueden moverlo”.