Yendo al doctor
Una noche, pocos días después de que James se hubiera marchado, me había comido el heno y yacía en mi paja profundamente dormido, cuando de repente me despertó el sonido muy fuerte de la campana de la caballeriza.
Oí que la puerta de la casa de John se abría y sus pasos corrían hacia la mansión. Volvió en un santiamén; abrió la puerta de la caballeriza con la llave y entró, gritando: «¡Despierta, Bellleza! Tienes que correr bien ahora, como nunca lo hayas hecho», y casi antes de que pudiera pensarlo me había puesto la silla en el lomo y la brida en la cabeza.
Fue a buscar su chaqueta a toda prisa y luego me llevó al trote rápido hasta la puerta de la mansión. El hacendado estaba allí, con una lámpara en la mano.
—Ahora, John —dijo—, cabalga por tu vida; es decir, por la vida de tu señora; no hay un momento que perder. Dale esta nota al doctor White; dale un descanso a tu caballo en la posada y regresa tan pronto como puedas.
John dijo: «Sí, señor», y estuvo sobre mi lomo en un minuto.
El jardinero que vivía en la caseta del guarda había oído sonar la campana y estaba listo con la puerta abierta; y allá fuimos, a través del parque, del pueblo y cuenca abajo hasta llegar al peaje.
John llamó muy fuerte y golpeó la puerta; el hombre salió enseguida y abrió de par en par la cancela.