Pobre Ginger
Un día, mientras nuestro carruaje y muchos otros esperaban fuera de uno de los parques donde tocaba la música, un carruaje viejo y andrajoso se detuvo junto al nuestro.
El caballo era un viejo alazán gastado, de pelaje descuidado, con los huesos que se le marcaban claramente a través de este, las rodillas dobladas hacia adelante y las extremidades delanteras muy inseguras.
Yo había estado comiendo algo de heno, y el viento rodó un pequeño mechón en esa dirección; la pobre criatura estiró su largo y delgado cuello y lo recogió, para luego volverse y buscar más.
Había una mirada de desesperanza en su ojo apagado que no pude evitar notar y entonces, mientras pensaba dónde había visto antes a ese caballo, me miró fijamente y dijo: «¿Black Beauty, eres tú?».
¡Era Ginger! ¡Pero cuán cambiada! El cuello, antes maravillosamente arqueado y lustroso, ahora estaba recto, lacio y hundido; las patas, limpias y rectas, y los delicados nudillos se habían hinchado; las articulaciones se habían deformado debido al duro trabajo; la cara, que una vez fuera tan llena de espíritu y vida, estaba ahora llena de sufrimiento, y por el agitado latir de sus ijares y su tos frecuente, pude darme cuenta de lo mal que tenía el fuelle.
Nuestros conductores estaban juntos un poco más allá, así que me acerqué a ella con disimulo uno o dos pasos, para poder conversar un poco tranquilos. Era una triste historia la que tenía que contar.
Tras una temporada de descanso en Earlshall, se la consideró apta para trabajar de nuevo y fue vendida a un caballero.