Sin embargo, no podía quejarme ni dar a conocer mis necesidades. Así pasaron unos dos meses, y yo me extrañaba de que mi amo no viese que algo iba mal. No obstante, una tarde salió a caballo hacia el campo para visitar a un amigo suyo, un hacendado que vivía en el camino a Wells.
Este caballero tenía muy buen ojo para los caballos; y después de haber dado la bienvenida a su amigo, dijo, echándome una mirada:
“Me parece, Barry, que tu caballo no se ve tan bien como cuando lo tuviste por primera vez; ¿ha estado bien?”
—Sí, eso creo —dijo mi amo—, pero no está ni con mucho tan animado como antes; mi mozo de cuadra me dice que los caballos siempre están apagados y débiles en otoño, y que debo esperarlo.
—¡Pamplinas, el otoño! —dijo el grangero—. Vamos, si apenas estamos en agosto; y con lo poco que trabaja y la buena comida que recibe, no debería venirse abajo de esta manera, ni aunque fuera otoño. ¿Cómo lo alimentas?
Mi amo se lo dijo. El otro negó con la cabeza lentamente y comenzó a palparme.
—No puedo decir quién se come su maíz, querido amigo, pero me equivoco mucho si se lo come su caballo. ¿Ha cabalgado muy rápido?
“No, con mucha suavidad”.
—Entonces ponga la mano aquí —dijo, pasando su mano por mi cuello y mi hombro—, está tan tibio y húmedo como un caballo recién sacado de la pradera. Le aconsejo que revise un poco más su caballeriza. Odio ser desconfiado y, gracias al cielo, no tengo motivos para serlo, pues puedo confiar en mis hombres, estén presentes o ausentes; pero hay sinvergüenzas mezquinos, lo suficientemente malvados como para robarle la comida a una bestia muda. Debe investigarlo.