hubo nadie que pagara indemnización al pobre Captain.
El herrador y Jerry hicieron todo lo posible por aliviar su dolor y hacer que se sintiera cómodo. Hubo que reparar el carruaje de alquiler y, durante varios días, no salí y Jerry no ganó nada. La primera vez que fuimos a la parada después del accidente, el patrón se acercó para saber cómo estaba Captain.
“Nunca se recuperará de esto —dijo Jerry—, al menos no para mi trabajo, según dijo el herrero esta mañana. Dice que quizás sirva para el transporte de carga y ese tipo de labores. Me ha afectado muchísimo. ¡Transporte de carga, de verdad! Ya he visto en qué terminan los caballos en ese trabajo por los alredeorres de Londres.
Ojalá todos los borrachos pudieran ser metidos en un manicomio en vez de permitirles ir chocando con la gente sobria. Si se rompieran sus propios huesos, y destrozaran sus propios carros, y dejaran cojos a sus propios caballos, ese sería su propio problema, y podríamos dejarlos en paz, pero me parece que los inocentes siempre pagan los platos rotos; ¡y luego hablan de indemnización!
No se puede hacer una indemnización; ahí está todo el sufrimiento, y el fastidio, y la pérdida de tiempo, además de perder a un buen caballo que es como un viejo amigo: ¡es una tontería hablar de indemnización! Si hay un demonio que quisiera ver en el abismo sin fondo más que a cualquier otro, es el demonio de la bebida”.
—Digo, Jerry —dijo el gobernador—, me estás pisando los talones con bastante fuerza, ya sabes; no soy tan bueno como tú, vergüenza debería darme; ojalá lo fuera.
—Bueno —dijo Jerry—, ¿por qué no lo dejas de una vez, jefe? Eres demasiado buen hombre para ser esclavo de semejante cosa.