Se la puso en un abrir y cerrar de ojos; luego se quitó la bufanda del cuello y me la ató suavemente sobre los ojos y, dándome palmadas y con palabras cariñosas, me sacó del establo. A salvo en el patio, me quitó la bufanda de los ojos y gritó: «¡Eh, alguien! ¡Tome este caballo mientras vuelvo por el otro!».
Un hombre alto y fornido dio un paso al frente y me cogió, y James se escabulló de nuevo hacia la caballeriza. Lanzé un relincho agudo al verle marchar. Ginger me contó después que aquel relincho había sido lo mejor que podía haber hecho por ella, pues de no haberme oído fuera, jamás habría tenido el valor de salir.
Había mucha confusión en el patio; sacaban a los caballos de otros establos y sacaban carruajes y pescantes de casas y cobertizos, para que las llamas no se extendieran más.
Del otro lado, las ventanas del patio se abrieron de golpe y la gente gritaba toda clase de cosas; pero yo mantuve la vista fija en la puerta del establo, por donde el humo salía más espeso que nunca, y podía ver destellos de luz roja; pronto escucho, por encima de todo el revuelo y el estrépito, una voz alta y clara que supe que era la del amo:
“¡James Howard! ¡James Howard! ¿Estás ahí?”
No hubo respuesta, pero escuché el estrépito de algo al caer en la cuadra, y al momento siguiente relinché fuerte y alegremente, pues vi a James que salía entre el humo trayendo a Ginger con él; ella tosía violentamente y él no podía hablar.
—¡Muchacho valiente! —dijo el amo, poniendo una mano sobre su hombro—, ¿estás herido?
James negó con la cabeza, pues aún no podía hablar.