—Eso haría, señor —dijo John—, pero no me interpondría en su camino por nada del mundo.
—¿Cuántos años tienes, James? —dijo el amo.
—Diecinueve el próximo mayo, señor.
—Eso es muy joven; ¿qué te parece, John?
—Bien, señor, es joven; pero es tan formal como un hombre, y es fuerte, y está bien crecido, y aunque no ha tenido mucha experiencia en la conducción, tiene una mano ligera y firme y un ojo avizor, y es muy prudente, y estoy bien seguro de que ningún caballo suyo se arruinará por falta de cuidar sus cascos y herraduras.
—Tu palabra será la que más pese, John —dijo el amo—, pues sir Clifford añade en una posdata: «Si pudiera encontrar un hombre formado por su John, me gustaría más que cualquier otro»; así que, muchacho James, piénsalo, habla con tu madre a la hora de comer y luego hazme saber qué deseas.
A los pocos días de esta conversación, quedó totalmente decidido que James iría a Clifford Hall en un mes o seis semanas, según le conviniera a su amo, y mientras tanto debía adquirir toda la práctica posible en la conducción.
Nunca antes había visto salir tanto el coche; cuando la señora no salía, el amo conducía él mismo el pescante de dos ruedas; pero ahora, ya fuera el amo, las señoritas o simplemente un recado, a Ginger y a mí nos ponían en el carruaje y James nos conducía.
Al principio, John iba con él en el pescante, indicándole esto y aquello, y después James conducía solo.
Luego era maravilloso a cuántos sitios iba el amo por la ciudad el sábado, y por qué calles tan extrañas nos llevaban.