El Carnicero
Vi muchísimos problemas entre los caballos en Londres, y gran parte de ellos se podría haber evitado con un poco de sentido común. A los caballos no nos importa el trabajo duro si se nos trata con sensatez, y estoy seguro de que hay muchos conducidos por hombres bastante pobres que tienen una vida más feliz que la que yo tenía cuando solía ir en el carruaje de la condesa de W⸺, con mis arneses con adornos de plata y mi abundante comida.
A menudo se me encogía el corazón al ver cómo trataban a los ponis pequeños, que se esforzaban con cargas pesadas o tambaleándose bajo los fuertes golpes de algún muchacho vil y cruel.
Una vez vi a un poni gris con una crin espesa y una cabeza bonita, tan parecido a Merrylegs que, de no haber estado en la silla, le habría relinchado. Estaba haciendo todo lo posible por tirar de un carro pesado, mientras un muchacho fuerte y rudo le cortaba el vientre con su látigo y le tiraba cruelmente de la pequeña boca.
¿Podría ser Merrylegs? Era idéntico a él; pero se suponía que el señor Blomefield nunca debía venderlo, y creo que no lo habría hecho; no obstante, este bien podría haber sido un compañerito igual de bueno y haber tenido un hogar tan feliz cuando era joven.
A menudo notaba la gran velocidad a la que hacían ir a los caballos de los carniceros, aunque no supe por qué era así hasta un día en que tuvimos que esperar un buen rato en St. John’s Wood.