Esto a menudo alteraba mi salud y hacía que a veces me sintiera pesado y aburrido, pero más frecuentemente inquieto y afiebrado. Nunca me daba siquiera una comida de hierba fresca o un puré de salvavdo, lo cual me habría refrescado, pues era tan ignorante como presumido; y entonces, en vez de ejercicio o cambio de comida, tenía que tomar bolas para caballos y pócimas; las cuales, además de la molestia de que me las derramaran por la garganta, solían hacerme sentir enfermo e incómodo.
Un día tenía los pies tan sensibles que, al trotar sobre unas piedras nuevas con mi amo a la espalda, di dos tropezones tan graves que, al bajar este por Lansdown hacia la ciudad, se detuvo en la herrería y le pidió al herrador que me examinara para ver qué me pasaba.
El hombre me levantó los pies uno por uno y los examinó; luego, enderezándose y sacudiéndose las manos la una contra la otra, dijo:
—Su caballo tiene la «cernada», y bastante avanzada además; tiene los cascos muy sensibles; es una suerte que no se haya caído. Me extraña que su caballerizo no lo haya visto antes. Esto es el tipo de cosas que encontramos en caballerizas sucias, donde la cama nunca se limpia debidamente. Si me lo envía mañana, le atenderé el casco y le indicaré a su hombre cómo aplicar el linimento que le daré.
Al día siguiente mandé a lavarme bien los pies y a rellenarlos con estopa empapada en alguna loción fuerte; y fue un asunto desagradable.
El herrador mandó que sacaran toda la cama de mi box día a día y que el suelo se mantuviera muy limpio. Luego debían darme purés de salvado, un poco de hierba fresca y no tanto maíz, hasta que mis patas estuvieran bien de nuevo. Con este tratamiento recuperé pronto el ánimo; pero el señor Barry estaba tan disgustado por haber sido engañado dos veces por sus mozos