Luego, montando en su caballo y levantando el sombrero ante la dama, salió al trote.
Cuando se hubo marchado, mi cochero comenzó a agitar las riendas y a fustigar los arneses, con lo que comprendí que debía continuar, cosa que por supuesto hice, contento de que la piedra hubiera desaparecido, pero todavía con bastante dolor.
Esta era la clase de experiencia que los caballos de alquiler solíamos sufrir.