noche; se levantaba dos o tres veces por la noche para venir a verme. Mi amo también venía a verme a menudo. «Mi pobre Beauty —dijo un día—, mi buen caballo, le salvaste la vida a tu señora, Beauty; sí, le salvaste la vida». Me alegró mucho oír aquello, pues al parecer el doctor había dicho que, si hubiéramos tardado un poco más, habría sido demasiado tarde. John le dijo a mi amo que jamás en su vida había visto a un caballo correr tanto. Parecía como si el caballo supiera lo que pasaba. Por supuesto que lo sabía, aunque John creyera que no; al menos sabía esto: que John y yo debíamos ir a toda velocidad y que era por el bien de la señora.
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XVIII. En busca del médico
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