—Lo siento, lo siento mucho —dijo John—, pero debo irme ahora o perderé el tren.
Pasó a saludarnos a cada uno de nosotros con una palmada y unas últimas palabras; su voz sonaba muy triste.
Acerqué mi rostro al suyo; eso era todo lo que podía hacer para despedirme; y entonces él se había ido, y nunca más lo he vuelto a ver.
Al día siguiente, lord W⸺ vino a vernos; parecía satisfecho con nuestro aspecto.
“Tengo mucha confianza en estos caballos —dijo—, por el concepto que mi amigo el señor Gordon me ha dado de ellos. Desde luego, no hacen juego en el color, pero mi idea es que servirán muy bien para el carruaje mientras estemos en el campo. Antes de irnos a Londres tendré que buscar una pareja para Baron; el caballo negro, según creo, es perfecto para montar”.
York entonces le contó lo que John había dicho sobre nosotros.
—Bueno —dijo—, debes vigilar a la yegua y ponerle la falsa rienda floja; supongo que lo harán muy bien con un poco de manga ancha al principio. Se lo mencionaré a su señora.
Por la tarde nos enjaezaron y nos pusieron en el carruaje, y cuando el reloj de la caballeriza dio las tres, nos llevaron a la parte delantera de la casa. Todo aquello era muy suntuoso, tres o cuatro veces más grande que la vieja casa de Birtwick, pero ni la mitad de agradable, si es que un caballo puede tener opinión. Dos lacayos estaban de pie y preparados, vestidos con librea parda, calzones escarlata y medias blancas. Al poco rato oímos el crujido de la seda cuando mi señora bajó por la escalinata de piedra. Se detuvo a