El Fuego
Más tarde, por la noche, el segundo mozo de cuadra trajo el caballo de un viajero, y mientras lo limpiaba, un joven con una pipa en la boca se acercó holgazaneando a la caballeriza para charlar.
—Oiga, Towler —dijo el mozo de cuadra—, ¿podría subir por la escalera hasta el pajar y echar un poco de heno en el pesebre de este caballo? Solo le pido que deje la pipa.
—Está bien —dijo el otro, y subió por la trampilla; y le oí caminar por el suelo de arriba y dejar el heno. James entró a vernos a última hora, y luego echaron la llave a la puerta.
No puedo decir cuánto tiempo había dormido, ni qué hora de la noche era, pero me desperté sintiéndome muy incómoda, aunque apenas sabía por qué. Me levanté; el aire parecía espeso y sofocante. Oí a Ginger toser y a otro de los caballos muy inquieto; estaba completamente oscuro y no podía ver nada, pero el establo parecía lleno de humo y apenas sabía cómo respirar.
La trampilla había quedado abierta, y pensé que era por ahí por donde había entrado. Escuché, y oí un ruido suave como de torrente y un crujido y chasquido bajos. No sabía qué era, pero había algo en el sonido tan extraño que me hizo temblar de pies a cabeza. Los demás caballos estaban todos despiertos; algunos tiraban de sus ronzales, otros pateaban.
Al fin oí pasos afuera, y el caballerizo que había alojado al caballo del viajero irrumpió en la cuadra con un farol, y comenzó a desatar a los