—Ojalá lo hicieran —dijo el carnicero—, me ahorraría una cantidad tremenda de molestias, y podría atender mucho mejor a mis clientes si lo supiera de antemano... ¡Pero bah! ¿De qué sirve hablar?; ¿quién piensa jamás en la comodidad de un carnicero o en el caballo de un carnicero! Venga, pues, llévatelo adentro y cuídalo bien; cuida que no vuelva a salir hoy, y si se necesita algo más, tendrás que llevarlo tú mismo en la cesta. Dicho esto, entró, y el caballo fue conducido.
Pero no todos los chicos son crueles. He visto a algunos tan encariñados con su poni o burro como si fuera su perro favorito, y las pequeñas criaturas han trabajado tan alegre y diligentemente para sus jóvenes conductores como yo para Jerry. Puede que a veces sea un trabajo duro, pero la mano y la voz de un amigo lo hacen fácil.
Había un joven verdulero que subía por nuestra calle con verduras y patatas; tenía un viejo poni, no muy hermoso, pero la pequeña criatura más alegre y valiente que jamás haya visto, y ver cuánto se querían aquellos dos era un verdadero placer.
El poni seguía a su amo como un perro, y cuando este subía al carro, echaba a trotar sin necesidad de látigo ni de una palabra, repiqueteando calle abajo tan alegremente como si hubiera salido de las caballerizas de la reina. A Jerry le gustaba el muchacho y lo llamaba príncipe Carlos, pues decía que algún día llegaría a ser un rey de los cocheros.
También había un viejo que solía subir por nuestra calle con un pequeño carro de carbón; llevaba puesto un sombrero de carbonero y tenía un aspecto rudo y negro. Él y su viejo caballo solían marchar penosamente juntos por la calle, como dos buenos socios que se entendían el uno al otro; el caballo se detenía por propia voluntad en las puertas donde le compraban carbón; solía mantener una oreja orientada hacia su amo.