Dolly y un verdadero caballero
El invierno llegó temprano, con mucho frío y humedad. Hubo nieve, aguanieve o lluvia casi todos los días durante semanas, alterándose solo por vientos gélidos y cortantes o fuertes heladas.
Los caballos lo sufrimos todos muchísimo. Cuando hace un frío seco, un par de mantas buenas y gruesas conservan nuestro calor corporal; pero cuando es una lluvia empapada, enseguida se mojan por completo y ya no sirven de nada.
Algunos de los cocheros tenían una funda impermeable para echarnos por encima, lo cual era magnífico; pero algunos de los hombres eran tan pobres que no podían protegerse ni a sí mismos ni a sus caballos, y muchos de ellos sufrieron muchísimo aquel invierno.
Cuando nosotros, los caballos, habíamos trabajado medio día, íbamos a nuestros establos secos y podíamos descansar, mientras que ellos tenían que permanecer sentados en sus pescantes, a veces quedándose fuera hasta la una o las dos de la madrugada si tenían que esperar a algún grupo.
Cuando las calles estaban resbaladizas por la escarcha o la nieve, eso era lo peor de todo para los caballos. Una sola milla de ese tipo de recorrido, con un peso que arrastrar y sin un apoyo firme, nos agotaba más que cuatro en un buen camino; cada nervio y cada músculo de nuestro cuerpo están en tensión para mantener el equilibrio; y, a esto se añade que el miedo a caerse es más extenuante que cualquier otra cosa.