Durante un breve tiempo le fue muy bien, pero tras un galope más largo de lo habitual reapareció la vieja lesión y, tras ser tratada y dejada en reposo, la volvieron a vender. De este modo cambió de manos varias veces, pero cayendo siempre un poco más bajo.
«Y así al fin —dijo ella—, fui comprada por un hombre que tiene varios coches y caballos, y los alquila. Pareces acomodado, y me alegro por ti, pero no podría contarte cómo ha sido mi vida.
Cuando descubrieron mi debilidad, dijeron que no valía lo que habían pagado por mí, y que tenía que ir a uno de los coches de baja categoría y dejar que me agotaran; eso es lo que están haciendo, fustigándome y haciéndome trabajar sin el menor pensamiento de lo que sufro; pagaron por mí y tienen que sacármelo, dicen.
El hombre que me alquila ahora le paga una gran cantidad de dinero al dueño todos los días, y por eso él también tiene que sacármelo a mí; y así es toda la semana sin parar, sin un solo domingo de descanso».
Le dije: «Antes te defendías si te trataban mal».
—¡Ah! —dijo ella—, una vez lo hice, pero no sirve de nada; los hombres son los más fuertes, y si son crueles y no tienen sentimientos, no hay nada que podamos hacer, sino soportarlo, soportarlo una y otra vez hasta el final. Ojalá hubiera llegado el final, ojalá estuviera muerta. He visto caballos muertos y estoy segura de que no sufren dolor; ojalá caiga muerta mientras trabajo y no me manden al matadero.
Estaba muy conmovido, y acerqué mi nariz a la suya, pero no supe qué decirle para consolarla. Creo que le alegró verme, pues dijo: «Eres el único amigo que he tenido».
En ese momento se acercó su cochero y, tirándole de la boca, la sacó de la fila y se fue, dejándome de verdad muy triste.