nunca dije que fuera así; sé que no es un mal muchacho. Pero ya ves que yo mismo estoy dolorido; ese caballo es el orgullo de mi corazón, por no hablar de lo mucho que le gusta al amo y a la señora; y pensar que su vida pueda tirarse por la borda de esta manera es más de lo que puedo soportar. Pero si crees que soy duro con el muchacho, intentaré hablar bien de él mañana; es decir, me refiero a si Beauty está mejor.
—Bien, John, gracias. Sabía que no querías ser demasiado duro, y me alegra que veas que no fue más que ignorancia.
La voz de John casi me hizo dar un salto cuando respondió:
—¡Tan solo ignorancia! ¡Tan solo ignorancia! ¿Cómo puedes hablar de «tan solo ignorancia»? ¿No sabes que es lo peor del mundo, solo superada por la maldad?, y cuál de las dos hace más daño, solo el cielo lo sabe. Si la gente puede decir: «¡Ay! No lo sabía, no fue con mala intención», ya creen que está todo bien. Supongo que Martha Mulwash no tenía la intención de matar a aquel bebé cuando lo atiborró de Dalby y jarabes calmantes; pero lo mató, y fue juzgada por homicidio involuntario.
—Y bien empleado le está, por otra parte —dijo Tom—. Una mujer no debe atreverse a cuidar a un tierno infante sin saber qué es bueno y qué es malo para él.
—Bill Starkey —continuó John— no tenía la intención de asustar a su hermano hasta darle un patatús cuando se vistió de fantasma y lo persiguió a la luz de la luna; pero lo hizo; y ese muchachito listo y apuesto, que podría haber sido el orgullo del corazón de cualquier madre, no es más que un idiota, y nunca dejará de serlo, aunque llegue a vivir ochenta años. Tú mismo estabas bastante afectado, Tom, hace dos semanas, cuando aquellas señoritas dejaron la puerta de tu invernadero abierta, con un viento helado del este soplando directo hacia adentro; dijiste que eso mató a una gran cantidad de tus plantas.