bonita casa de campo junto a la puerta del parque e irse a donde pudieran.
El viejo Max me contó todo esto, pues ocurrió hace ya bastante tiempo; pero poco antes de que Ginger y yo llegáramos, habían vuelto a admitir a Smith. York había intercedido por él ante el conde, que es muy bondadoso, y el hombre le había prometido fielmente que no volvería a probar una sola gota mientras viviera allí.
Había cumplido su promesa tan bien que York pensó que se le podía confiar con seguridad el puesto durante su ausencia, y como era tan inteligente y honrado, nadie parecía más idóneo para ello.
Era ya principios de abril, y se esperaba que la familia regresara a casa en algún momento de mayo. El carruaje ligero iba a ser retocado por completo, y como el coronel Blantyre tenía que regresar a su regimiento, se dispuso que Smith lo llevara al pueblo en él y regresara a caballo; para tal fin se llevó la silla consigo, y yo fui el elegido para el viaje.
En la estación, el coronel puso algo de dinero en la mano de Smith y se despidió de él, diciendo: «Cuida a tu joven ama, Reuben, y no dejes que ningún niñato advenedizo que quiera montarlo maltrate a Black Auster; guárdalo para la señora».
Dejamos el carruaje en el taller, y Smith me llevó montado hasta el León Blanco, y le ordenó al caballerizo que me diera buena alfalfa y que me tuviera listo para las cuatro. Un clavo de una de mis herraduras delanteras se había aflojado durante el camino, pero el caballerizo no se dio cuenta hasta eso de las cuatro en punto. Smith no apareció por el corral hasta las cinco, y entonces dijo que no se marcharía hasta las seis, ya que se había encontrado con unos viejos amigos.